Crisis alimentaria en Venezuela: nutriendo a la infancia

Vea este video que muestra cómo Cáritas Venezuela está ayudando a combatir la desnutrición y lea más sobre la historia de Yusmarely a continuación.

Mangos para desayunar: alivio para una madre preocupada

¡Zas!, ha aterrizado otro mango en el patio delantero de Yusmarely Acuña, con un ruido sordo seguido de una estampida de pies descalzos. Sus tres hijos, Greivis, Grendimar y Valentina, y sus primos levantan una gran polvareda buscando la fruta preciada.

Valentina, de 7 años, la mayor, encuentra el mango y sale corriendo a la cocina a por un cuchillo. Unos minutos más tarde cae otra fruta y los niños salen en su búsqueda de nuevo. Yusmarely se sienta en una silla de plástico y se ríe con cada nueva búsqueda al tesoro, repartiendo abrazos y sonrisas entre una y otra conquista.

Durante las últimas semanas, han empezado a llover mangos de los dos árboles sobrecargados que rodean su hogar, lo que le ofrece a Yusmarely  un pequeño respiro, ante las barrigas hambrientas y su lucha diaria por encontrar comida. Como la mayoría de las madres de toda Venezuela, la crisis alimentaria de Venezuela significa que Yusmarely se ve obligada a hacer juegos malabares a la hora de las comidas. Hay que decidir estratégicamente cuándo alimentar a sus hijos, para que sufran menos el hambre.

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Yusmarelis Acu–a, 29, gets a kiss from her son Greivis, 3, outside their home in Venezuela.

Yusmarely Acuña, de 29 años, recibe un beso de su hijo Greivis, de tres 3, fuera de su casa en Venezuela.

«No tengo lo suficiente para darles tres comidas al día», dice Yusmarely. «Intento darles de comer a las once o al mediodía, antes de ir a la escuela y luego otra vez a las siete u ocho de la tarde, así se van a la cama cenados». Con los mangos por la mañana, ella puede servir el almuerzo más tarde y sus hijos están lo suficientemente llenos como para no pedir la merienda.

Cada día, los precios aumentan. Yusmarely se ha acostumbrado a las largas colas de horas, para comprar algo tan sencillo como la harina de maíz, para hacer las básicas arepas venezolanas: una sola bolsa puede consumir la mitad del salario mensual medio de $ 1,50. La inflación galopante, que según la comisión financiera venezolana era del 82,766 por ciento, entre julio de 2017 y julio de 2018, ha diezmado el poder adquisitivo venezolano. Lo que Yusmarely paga por una docena de huevos hoy, podría duplica su precio solo pocos días después.

La búsqueda desesperada de comida de una madre

A primeros de año, todavía no era la temporada de los mangos y la yuca, en la que ella había confiado, era entonces una apuesta. Había de dos tipos, uno que era comestible y otro que era tóxico. Para ojos inexpertos, la diferencia es imperceptible. Un día compró la variedad equivocada y tanto su madre como su hija enfermaron. Ella juró que nunca volvería a comprarla. Desesperada, salió a la calle en busca de comida.

«El arroz cuesta la mitad de lo que gano en un mes», dice ella.

«El dolor que siente una madre cuando hace todo lo que puede para alimentar a sus hijos y todo el inútil. Hace algunos meses, no tenía nada que darles. Me partía el corazón tener que acostarles, con solo un vaso de agua».

Las cinturas de toda la familia se encogieron. Grendimar, de seis años, se puso tan delgada que lloraba y dormía todo el día. «Estaba tan delgada, que no se la veía en la cama», dice Yusmarely. «Cuando la bañaba, era solo huesos».

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Encontrar la esperanza en Caritas

Cada semana, la Cáritas local realiza una sesión de monitoreo nutricional para menores de 5 años. Desde hacía algunos meses, Grendimar ya tenía seis años, pero eso no fue un impedimento para que Yusmarely la llevara  a ella y a su hermano Greivis, de 3 años, a suplicar al personal que los examina.

El año pasado, el venezolano medio perdió más de 10 kilos. La desnutrición aguda en los niños ha alcanzado un asombroso 14 por ciento, más del triple del umbral indicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En respuesta, Cáritas ha trabajado con las parroquias locales para iniciar el monitoreo del crecimiento de los menores de 5 años y para inscribir a los niños que lo necesiten en un programa de alimentación orientado a aumentar su peso. Hasta la fecha, más de 15 000 niños han sido evaluados y el 65% muestra signos o riesgos de desnutrición.

«Le pedí al médico que examinara  a Grendimar y me diera a conocer si su peso era apropiado para su edad», dice Yusmarely. La pesaron, midieron el diámetro de su brazo y concluyeron que estaba en riesgo de desnutrición. Acordaron seguirla y proporcionaron suplementos nutricionales para Grendimar y Greivis.

Lunch for six children and three adults cooks on Yusmarely’s mother’s stove. The ingredients in the two pots are almost equivalent to what the average Venezuelan earns in a month.

El almuerzo para seis niños y tres adultos se está cocinando en la cocina de la madre de Yusmarely. Los ingredientes de las dos ollas son casi el equivalente de lo que gana un venezolano medio en un mes.

Nutrición líquida

En los últimos meses, los niños se han transformado. Atrás quedaron los días en que Grendimar dormía y lloraba. Greivis ahora pasa su día yendo y viniendo por el patio, Valentina, corre alrededor del árbol de mango frente a su casa y persiguiendo a sus primos más pequeños, mientras Grendimar a menudo se desliza en la sala de estar de su abuela y enciende el televisor. Con pericia, ella pasa los dibujos animados hasta que llega a su canal favorito, uno dedicado a programas de cocina.

La palabra «comer» parpadea dentro y fuera de la pantalla. «Ella mira esos programas y me pide que compre los ingredientes para hacer las recetas», dice Yusmarely.

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Tres veces al día, Yusmarely saca una jarra de plástico fucsia y la llena con agua recién hervida. Ella vacía un sobre con polvos rosados, con sabor a fresa, en el agua y hábilmente lo bate hasta que desaparecen los grumos.

Sin tener que llamarlos, sus hijos entran a la cocina, lamiéndose los labios con anticipación. Vierte la bebida nutritiva en tazas de metal y se las da a cada uno de sus hijos.

Grendimar drinking a nutritional supplement given by Caritas Venezuela volunteers.

Grendimar tomando su suplemento nutricional que recibió de los voluntarios de Cáritas Venezuela.

«Cada vez que les doy el ‘nutris’, Grendimar quiere tomarlos todo ese mismo día», dice Yusmarely. «Pero tenemos que seguir el régimen. Cuando comenzamos a recibir los nutris, le pregunté a mi madre: ¿me lo estoy imaginando o Grendimar está subiendo de peso? «Ver que el cuerpo de mi hija comenzaba a redondearse, me hizo pasar la depresión y me ayudó a reforzar mi autoestima», dice ella.

Cuando sus hijos le devuelven sus tazas a Yusmarely, no les queda ni una gota. Greivis luce un bigote rosa claro, que él rápidamente se relame de un lengüetazo.

Gracias al programa de alimentación nutricional de Cáritas, Grendimar ha ganado peso y ya no figura como desnutrida.

Recargados y listos para jugar

Con los estómagos llenos, los niños corren. Valentina le pide a su tía que dibuje una flor en sus manos y mejillas. Grendimar y Greivis juegan a hacer una comida con sus primos, que están de visita. «Estamos haciendo pollo con arroz», dicen mientras revuelven unas hojas, en un poco de agua, que han vertido en los restos de un camión de juguete de plástico. Cuando llega el momento de servir la comida, los primos sirven  «la comida», diciendo: «Tómatela mientras esté bien caliente, pero cómetela aquí dentro, porque hay mucha gente afuera y no tenemos lo suficiente para compartir». »

Yusmarelis Acuña, 29, snuggles with her daughter, Grendimar, 6, while her son Greivis, 3, climbs on her and eldest daughter, Valentina,7, chats with her outside their home in Tomuso, Venezuela.

Yusmarey Acuña, de 29 años, abraza a su hija, Grendimar, de 6 años, mientras su hijo Greivis, de 3, la abraza a ella por detrás y su hija mayor, Valentina, de 7, conversa con ella en la puerta de su casa, en Tomuso, Venezuela.

Yusmarely descansa un rato en el coche de juguete de Greivis. Al verla, él corre y se encarama por su espalda y la abraza por detrás. Grendimar viene y se sube a su regazo y Valentina se acerca para mostrar sus flores recién dibujadas.

Es posible que su infancia no esté llena de juegos  en el parque y bolsas de caramelos, como la de Yusmarely, pero ella intenta asegurarse de que compensa lo que no tienen con atención y amor.

«Lo que Cáritas ha hecho es increíble. Ha ayudado a sacar a tantos niños de la desnutrición. Me siento tan feliz cuando la veo con tanta energía. Cada día pesa más».

Ya no te preocupa de que a Grendimar se le caiga la ropa, aunque ahora tiene una nueva preocupación: «Le digo que no deje que sus pies crezcan más, porque ¿cómo podré permitirme comprarle un nuevo par de zapatos?»

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